Mátenme a mí, a mi hija no…

Mátenme a mí, a mi hija no…

Por Arturo Soto Munguia (ElZancudo,com.mx)

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Está regando el patio interior de su casa. Un tipo sereno. Demasiado sereno, creo, para ser el padre de la muchacha que una semana atrás fuera asesinada por un ‘novio’ conocido vía Facebook.

Dice que sueña. Bueno, que no sueña, que se despierta en las noches, en las madrugadas imaginando a su hija victimizada por un tipo al que tuvo a un metro de distancia, días antes, cuando Prisilla se lo presentó en esta misma oficina donde me recibe para platicar.

“Yo le dije: tú eres muy bonita, este cabrón no me gusta para ti”.

-Cállate papá, te va a entender-, dijo ella.

-No, qué me va a entender este cabrón-, dijo el padre.

II

Está regando las plantas en el patio interior de su casa, en la colonia Centenario. El Centro Histórico de Hermosillo, donde se asentaba la alcurnia capitalina antes que llegara el desarrollo inmobiliario que desplazó e hizo menos a colonias como ‘La Pitic’, donde aún se ubica la residencia del gobernador en turno.

Cierra la llave. Tira la manguera en el piso. Invita a pasar.

Su oficina es austera. Minimalista. Un par de sillas, un mueble para la computadora de pantalla plana. Un cuadro en las paredes. Un pequeño espacio del que me dice:

“Aquí lo tuve. Aquí me lo presentó. Y yo le dije, m’ija, tú eres muy bonita, este cabrón no me gusta para ti”.

“Cállate papá, no hables. Te puede entender”, le dijo Priscilla.

Y el papá cedió. Por el amor a su hija, cedió. No le quiso hacer infeliz. No le quiso poner trabas en su corazón. Y una semana después, su hija estaba muerta, martirizada, violentada. Con eso no se juega.

III

Cierra la llave. La manguera del jardín no tiene más agua. Lo que están llenos de agua son sus ojos. Así permanecen durante toda la entrevista.

“Aquí, donde tú estás, aquí lo tuve”, dice.

Si yo hubiera maliciado lo que le iba a hacer a mi hija, si hubiera sabido, aquí mismo lo saco a patadas, agrega, limpiándose un poco el agua de los ojos.

Recarga el codo contra el mueble de oficina que tiene en su pequeño cuarto donde trabaja.

“Esta es mi hija”, dice.

Y despliega en la pantalla la sonrisa inmensa, luminosa, alegre, despreocupada de una muchacha que regresó de una estancia en Texas, donde convivió con una familia muy buena. Y donde conoció, vía Facebook al tipo que le iba a dar muerte.

IV

A su padre se le nublan los ojos. Se le anegan. Le sale la rabia. Es un tipo tranquilo, pero le han matado a su hija menor. Se la han asesinado salvajemente.

Aun así guarda la compostura. Dice que no le desea mal. Pero afirma que debe pagar. Que hay indicios de que el sistema judicial mexicano puede dejar libre al asesino de su hija.

Y que no lo va a permitir. Eso dice, con los ojos llenos de lágrimas.

Y que este martes, habrán de hacerse presentes para decirle a presidente del supremo tribunal de justicia (nótense las minúsculas) que han matado a Priscilla. Que han asesinado a una cuasi niña. Que con eso, con dejar libre a su asesino, nos dejan en la indefensión a todos.

V

Este martes habrá una manifestación en la sede del Poder Judicial. Hay la oportunidad para exigir justicia.

“Si mi hija hubiera muerto en un accidente, o de una enfermedad, estaríamos muy tristes. Pero recordar la forma en que la asesinaron no me deja dormir. Me despierto a cada rato. Veo lo que le hizo. Pienso en toda esa crueldad y mi hija no merecía morir así”, dice.

No vamos a descansar hasta hacer justicia.

“Aquí lo tuve, aquí lo vi. No sabía lo que iba a suceder. No me dio buena espina, pero lo hice porque uno quiere lo mejor para sus hijos. Que no sufran, que no se metan en problemas”.

Jorge Hernández Aguilar es el padre de Priscilla Carolina. La muchacha que regresó de Estados Unidos con un novio que conoció en Facebook. La niña que fue asesinada salvajemente por un tipo al que realmente no conocía.

VI

Salgo de la entrevista con la piel amarga. Con el sentimiento aterido, con la voz ahogada. Con la entereza de ese tipo que riega sus plantas en el jardín de su casa y cuyas lágrimas son incontenibles porque le han matado a su hija, de fea manera,

No vamos a descansar hasta que se haga justicia, dice. Sé que no me van a devolver a mi hija. Pero por lo menos, que ese maldito no salga de la cárcel para hacer más daño, afirma, siempre.

Ya ha cerrado la manguera con la que riega el jardín. Sus ojos no los cierra nadie para llorar a su hija, porque está muerta…

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